Ya no recuerdo…

Ya no recuerdo cuanto hace que no escribía a mano, ni que abría esta libreta. Ya no recuerdo cuanto hace que no escribía sin pensar en la consecuencia, en la lectura o en el límite imaginario que me he puesto desde hace tiempo. Ya no recuerdo lo que es escribir sin pensar en el que dirán, en que opinarán o en como lo interpretarán.  Ya no recuerdo lo que era ser quien era sin que eso para algunos supusiera un lastre.

La libertad de expresión comienza allí donde algunos quieren, allí donde algunos la limitan o allí donde algunos interpretan. El otro día me decía mi terapeuta, eso de tu vida es tuya, y yo pensé; sí claro es tuya hasta que hay más gente con la que la compartes y desgraciadamente deja de ser tuya.  A veces me pregunto porque las letras pueden tener tantas interpretaciones, pero principalmente como pueden tener tanta fuerza para crear diversas reacciones. Puedes llorar, enfadar,  reír y hasta emocionarte con los escritos. Pero el problema siempre es el mismo la libre interpretación y la libre elección de hacerlo.

No negaré que después de 5 años tras un teclado echo de menos la verborrea incontenida con la comencé este blog, la  desmesurada realidad con la que plasmaba las aventuras de mi vida pero el tiempo y las circunstancias hicieron que todo fueran cambiando, poco a poco. A veces recibo mensajes de lectores que añoran esto u lo otro, en esos momentos sale mi yo más sincero pidiendo disculpas y jurando que hago lo que puedo, pero no me gusta engañar, no va conmigo.

No vengo a confesar hoy que mi vida bloguera ha sido fácil pero no negaré que en un año ha tenido que sufrir modificaciones impuestas, impuestas por la vida, por mi vida, por mi entorno por todo aquello que conlleva la exposición pública y que muchas veces pasa facturas indebidas. Pero ya me perdonaréis que confiese que a veces echo en falta el poder decir esto o aquello, hablar irónicamente sobre mi vida y mi entorno. Gritar mis preocupaciones de madre, mis inquietudes de mujer o mis locuras de Redes Sociales.

Pero no puedo, cada día veo  más gente conocida que lee mis escritos, que sigue mes redes (algunas desgraciadamente sin dar la cara), ya me perdonaréis pero nunca he entendido a la gente que se oculta para observar algo que tampoco es malo, por el simple hecho de saber y controlar.  Mi vida es mía pero la de mi familia en cierta manera también, me guste o no.

Cuando comencé con toda esta historia me acuerdo que la red social más activa se llama Twitter y le llamábamos “patio de vecinas”. El problema es que ese patio de vecinas se ha convertido una comunidad llamada Instagram donde todos los ojos miran, un barrio llamado Facebook donde todo el mundo pasea, mira, observa, participa.  Y yo soy dueña de mi intimidad y de mi libertad, pero sólo de la mía.

Escribo este texto con lágrimas en los ojos, porque me da pena que una confesión, unas palabras escritas desde el corazón muchas veces tengan repercusiones contrarias. Que relatos hechos en tono de humor no se perciban como tal, pero sobre todo me da pena que ya no pueda escribir  como lo hacía. Y no lo haré nunca más, porque en esta vida siempre toca elegir y quien diga lo contrario miente.

Me gusta crear empatía con mis textos, compartir mis vivencias pero nunca pensé que algo me marcaría tanto como para medir mis palabras, tengo miedo y escribo con miedo y me ha hecho falta un año de mi vida para darme cuenta de ello. Bueno al menos lo reconozco, y lo confieso. NO creo que deje de escribir nunca lo que siento, aunque muchas veces me guarde para mí mis propias experiencias, pero nunca más contaré todo aquello que hace tiempo conté con tanta libertad. Por mi, por ellos y por todos aquellos.

No quiero coartar a nadie pero prefiero dejar claro que la gente evoluciona por las circunstancias casi siempre personales, aunque no las confiese. Yo nunca dejaré de ser Peineta o Pintxos para muchos, pero las redes sociales, la repercusión de este mundo ha hecho que desde hace un tiempo sea una Nerea más sensata de lo normal.  Eso no impide que ya no recuerde que esta es y será mi casa, y que por encima de todo me ha dado muchas cosas buenas para que deje que las malas me afecten.

Gracias por leerme sin dobles intenciones a todos los que lo hacéis, gracias en comentar a todos los que aun os molestáis en hacerlo pero sobre todo gracias por compartir lo bueno, lo malo y lo comercial. Y ahora con vuestro permiso me retiro que tengo que escribir sobre las cremas que han curado mi cara, unos zapatos para mí y mil cosas más que tengo en mi almacén bloguero esperando.

¡Vamos dejame un comentario!